Una mosca es lo que soy. Una mosca, merodeando el dulce mas sabroso que ha visto en su corta vida de mosca; una mosca que a duras pena logra posarse en ti por unos segundos, pegando sus patas al azúcar de tus poros y sintiendo el sabor más intenso y agradable, que un insecto tan simple, puede llegar a soñar. Saco mi lengua de mosca y chupo y chupo el néctar que me das, ¿Suficiente?. No, nunca es suficiente, una mosca siempre quiere más, aunque la espanten, aunque la palmeen, aunque agiten sobre ella los huracanes de la caja de Pandora, ella siempre vuelve, porque el dulce es su obsesión, porque tu eres el dulce y por tanto eres mi obsesión.
Pero las moscas también tienen cosas buenas, hacen cosquillitas con sus patas cuando corretean por la piel elegida, miran con grandes ojos suplicando benevolencia, esos ojos que devuelven tu reflejo, y te hacen sentir así, benevolente por no utilizar la fuerza de la mano para acabar con su vida. Las moscas somos de naturaleza fiel, cuando nacemos, elegimos una cocina, un comedor, un patio, un vertedero,..., y allí nos quedamos hasta que agotamos nuestra vitalidad y regresamos al limbo de las moscas.
Yo te elegí a ti, porque soy una mosca muy golosa, y mi olfato de mosca me dijo que no me equivocaría, que si lograba llegar hasta ti y posarme en tus labios, arriesgarse merecería la pena; fue sutil el roce, liviano, ligero, fugaz, pero que sabroso, batí mis alas como loca, como una mosca de manicomio, perdí el sentido, y al volver de nuevo a mi ser de mosca, me faltaba el aire, entonces tú abriste la ventana, y yo volé hacia ella para inhalar una bocanada de oxígeno.
Conseguí recuperar el negro de mi cara de mosca, y noté que aún retenía el sabor de tus labios en mi boquita de insecto, pero el reflejo de mi cuerpo sobre el frío cristal de la ventana, me hizo comprender que estaba fuera de tu casa, de tu vida, de tu adicto sabor, lo que para cualquier mosca supondría la libertad, para mi no sería sino el final de un amor inusual, las moscas también tienen su corazoncito.
Ahora no soy mas que una mosca sin dueño, una mosca vagabunda que acabará sus días batiendo sus alas sin rumbo, soñando con lo que pudo ser y no fue, creyendo mas que nunca que un momento de felicidad puede inundar toda una vida, soñando con volver a posarse en tus labios.
Al menos me queda, que la vida de una mosca es corta, por lo que no tendré mucho tiempo para sufrir de mal de amores; por eso mismo, cuando vuelva de nuevo al limbo de las moscas, pediré reencarnarme otra vez en díptera, no quiero sufrir por amor todo el tiempo, como lo hacen los humanos que observo desde lo alto, en esas vidas infinitas, seré un animalillo revoltoso y entrañable, evocaré la infancia a los nostálgicos, y no tendré respeto, ni por los párpados de los muertos, como decía Machado, y por supuesto, no volveré a enamorarme.
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