Era mi vida él, y me encontré rozando el cielo con las manos, como el agua que tras caer por pedriscos y cruzar largas y angostas laderas, llega por fin al mar en calma, para sentir que ha llegado al lugar donde al mezclase se siente completo. Y ahora ando a oscuras, por un túnel en donde todavía no se vislumbra la luz, siento el frío húmedo que me penetra los huesos y congela el corazón, y aunque mis ojos se encuentran cerrados, veo su rostro, su mano cogida de mi mano, y recorro todos los lugares en que anduve con él, oigo todas las palabras que me decía al oído, y cada vez que respiro, su aroma sigue prendido en mis fosas nasales; hay tormentos mayores, lo sé, pero cada uno siente el suyo como único e insalvable. Sólo el tiempo puede ser el antídoto para este veneno que me corroe la sangre, pero pasa lento y se ríe de mi si no estoy durmiendo, único sosiego de mis amarguras, soñar - olvidar, dormir - morir, y al despertar la pesadilla continúa, me pellizco pero sigo ahí con el corazón amartillado.
Sólo deseo que todo el amor que le tengo, se convierta en odio, porque sin ese paso, nunca llegaré a la indiferencia, prueba de que todo a terminado. Pero busco la manera y no la encuentro, porque mi corazón no conoce esa palabra, y he de enseñársela poco a poco para que pueda comprenderla. Me ha dejado rota, descompuesta, como un puzzle al que le han perdido las piezas, incompleta, y no lo merecía, porque era mi vida él, y para el vivía.
No se deben echar margaritas a los cerdos, porque las pisarán para buscar el amasado al que están acostumbrados. Debes creer que los encantadores de serpientes existen, pero ya no llevan flauta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario